Los centinelas del visillo


Para casa». «Por culpa de gente como tú está muriendo otra». «Ojalá os muráis». Mucho se habla en estos tiempos de confinamiento de la solidaridad vecinal, de como la batalla contra el enemigo invisible ha alentado nuestra unidad. Para echar una mano al que lo necesita, sí, pero también para delatar al que pensamos que abusa y se salta el protocolo. Porque casi todo ha quedado reducido a lo que podemos hacer en casa o desde casa. Y una forma de matar el tiempo es pasarlo en la ventana, y dedicarlo, por supuesto, a ver qué hacen los demás. Por lo visto, nunca nos ha importando tanto como ahora con qué rumbo caminan las personas que vemos en la calle. En algunos casos esa obsesión deja como un advenedizo al personaje que Hitchcock le encomendó a James Stewart en La ventana indiscreta. Nos interesa el recorrido del tipo que pasea al perro, claro. Pero, sobre todo, nos intriga el destino del que deambula sin mascota. Y si no lleva bolsa de la compra a la vista la imaginación se dispara y brotan teorías conspiranoicas que ni las que noveló John Le Carré. Estos centinelas del visillo están dando lugar a escenas en las que una persona es abucheada, tachada de irresponsable o incluso gravemente insultada por vecinos que ignoran las circunstancias en las que sale a la calle. Claro que hay mucho zascandil suelto, pero también patinazos bochornosos. Como el que sufrió esa madre de Oviedo que salía a pasear con su hijo de tres años. Recogió La Voz de Asturias que la mujer tuvo que recurrir a una pancarta para acallar al vecindario. «El niño es autista». Toda guerra tiene sus héroes. Y también sus villanos.

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