La residencia

SANTIAGO

30 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Creo que no perdería ni un minuto en hablarle del coronavirus, de cómo nos doblega, de que ya no hay bares ni radian al Dépor, o de que su nieta no va al instituto, que ahora mismo es lo más seguro. No lo entendería. ¡Qué va!. O quizás le diría algo, aprovechando si acaso un lapsus de su demencia. Y es entonces cuando la imagino escuchando, cabizbaja y cavilando, antes de responder: «Ah, iso é como a gripe». Y se haría la valiente: «Conmigo non pode, estou vacunada». Que no, que no es la gripe. Pero ella insistiría: «Tranquilo, meu sol, que me coidan moi ben».

Hace tiempo que no tiene momentos lúcidos, que se quedó a vivir en el castillo que edificó con recuerdos para compartir con los que ya no están. Su universo se conjuga en pasado ficcionado. Allí habita mi bisabuela María, caminando cada día de Artes a Ribeira con las leiteiras a la cabeza. También don Julio, el párroco que se quedó dormido debajo de una viña cuando debía bautizarme. Allí habita también ella misma, jovencita, cargando un carro de junco en las marismas del Carregal.

Cómo me gustaría poder viajar a ese mundo, solo un instante, cogerle la mano y probar suerte a ver si me reconoce. Desde que la diabetes le robó la vista pide de regalo «uns ollos». Y aun así, la puñetera se mofó una vez del calzado colorado que llevaba. Como si nos hubiera engañado a todos. Hace tres semanas que no puedo realizar ese trayecto de un cuarto de hora entre Santiago y Boqueixón, mi autopista para achucharla. Es desgarrador. Para mi, por supuesto. ¿Y para ella?. Sé que la cuidan bien, profesionales que se dejan la piel. Y que quizás no me reconocería, o tal vez si. Pero me cogería la mano y diría: «Como estás meu sol?».