Radares


Mi amigo Juan Diego siempre decía cuando arreglábamos el mundo entre cerveza y cerveza que el problema de España es que teníamos leyes inspiradas en Suecia, sin ser Suecia. Porque es una evidencia constatable que aquí no abundan los cabellos rubios ni los ojos azules, y tampoco el civismo que caracteriza a las sociedades escandinavas. Tenemos otras muchas virtudes, pero en este extremo de Europa solo respetamos las normas cuando sabemos que nos van a pillar seguro. Y por eso hemos circulado todos a 80 y 90 kilómetros por hora por O Restollal hasta que han puesto un radar fijo. Pasó lo mismo cuando la DGT, hace ya muchos años, empezó con su política de mano dura para evitar los desmanes en las autovías. A Juan Diego yo siempre le contaba que cada año tardaba más en hacer el viaje Galicia-Madrid, porque cuando era un chaval y estudiaba en la Complutense llegué a establecer el récord en cuatro horas y media. Y eso es correr mucho. Así que yo estoy a favor de los radares, lo admito. Porque son la única medida que nos hace levantar el pie del acelerador. Otra cosa es si los colocan donde hace falta o donde hacen caja. Ese es otro debate. En el caso de O Restollal, no hay duda de que era imprescindible reducir la velocidad media. En el de Conxo, no lo tengo tan claro, porque el problema de seguridad que existe en este punto, que es la incorporación a la SC-20 desde la rotonda en dirección a Milladoiro, no solo no se soluciona si los coches van más despacio, sino que incluso se agrava. En ciudad hay que ir despacio. Pontevedra es el ejemplo. Debe de ser que en la ciudad del Lérez son un poquito más suecos que nosotros.

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