Ginebra


La movida compostelana se ha desfasado bastante, es verdad. Porque hay puntos muy concretos de la ciudad, bares con nombre y apellidos, que se han transformado en una auténtica pesadilla para los vecinos, que ni duermen de noche y que, en algunos casos, ya no descansan ni de día porque hay algún local de copas que abre de madrugada y cierra a la hora de la siesta. Ha llegado la hora de actuar y el nuevo gobierno local ha prometido hacerlo. Pero eso no significa que haya que demonizar los bares de copas ni las discotecas ni el ocio nocturno, que es un negocio necesario porque en la vida hay que poder divertirse. No sería bueno que Santiago acabase convirtiéndose en Ginebra. Cuando tenía doce años, hice un viaje con mis padres por Francia y Suiza y recuerdo que llegamos a la ciudad helvética a eso de las once de la noche. En el hotel nos dijeron que ni de coña podían darnos de cenar porque el personal de cocina hacía horas que había apagado los hornillos y estaban ya en pantuflas en sus casas. Salimos a la calle en busca de algún restaurante abierto y nada. Todos estaban cerradísimos y no había ni un alma. Solo encontramos luz en un McDonald’s. Estaba casi vacío. Solo una pandillita de malotes con las motos aparcadas en la puerta nos acompañaban a mis padres, a mi hermana y a mí. Tenía solo doce años y aún no era ni adolescente. En mi maleta aún portaba mis miniaturas de Star Wars y no tenía ni pelo en las piernas. Pero recuerdo bien que pensé: «Vaya muermo de ciudad si los moteros encuerados solo pueden ir al McDonald’s por la noche». En el término medio está la virtud. Y en el respeto a la ley.

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