Aquí aún tañen las campanas

En la era de Internet no solo la Berenguela da las horas


la voz

Santiago de Compostela es uno de los destinos preferidos para celebrar Fin de Año. En la noche del 31 de diciembre, dos mil personas se concentran en la plaza del Obradoiro para disfrutar del cotillón y de la fiesta al ritmo de las actuaciones musicales programadas para la ocasión y al compás de la Berenguela que, como manda la tradición, repica con cadencia las doce campanadas que marcan el inicio del nuevo año.

La campana cuyo característico sonido marca la vida de Compostela suena puntualmente cada sesenta minutos para anunciar las horas que ignora el reloj de la torre, del que únicamente pende la aguja de los minutos. Y lo hace desde hace siglos, posiblemente desde que a principios del XI fuese recuperada y traída desde Córdoba, hasta donde la llevó Almanzor tras robarla de lo alto de la Catedral compostelana. Ni la profusión de los relojes mecánicos que empezaron a presidir los edificios más altos de cada plaza, ni la popularización de los relojes de pulsera ni tampoco, ya en el presente siglo, la abundancia de los teléfonos móviles, acabaron con su milenaria costumbre de señalar a vecinos y turistas, y a parroquianos y peregrinos el inexorable paso del tiempo sin necesidad de levantar la cabeza ni de abandonar las tareas.

Pero no es la única que da las horas en Santiago, pese a que la mayoría de las campanas y de los relojes públicos ensordecieron hace tiempo por haber dejado de cumplir su principal misión. Pero Santiago siempre fue tierra singular, y aunque quedan pocas, hay campanas que siguen marcando la hora del Ángelus, la del rezo, la del estudio y también la de la siesta. Lo hacen las de Sar, las de Santa Marta y, en cierta medida, también las de la parroquia de San Fernando.

Algunas cosas sí han cambiado en las últimas décadas. El reloj de la plaza de Galicia, por ejemplo, que marcaba las horas a estudiantes y funcionarios desde lo alto de la caja de ahorros, no pudo evitar ser víctima también de la crisis financiera y, entre los sucesivos cambios de manos y entidades, enmudeció. Antes, no solo anunciaba puntualmente las horas, sino que servía de predicción del tiempo para los vecinos de la zona. «Si se oía el reloj de la plaza de Galicia, es que hacía buen tiempo; si se oía la megafonía de la estación del tren, es que hacía malo, dependía de por dónde soplase el viento», recuerda una vecina de O Hórreo. Ahora, la esfera y sus agujas siguen presidiendo el edificio, pero ya no son de fiar; van con la hora vieja.

En la Colexiata de Sar, las campanas siguen dando las horas por voluntad de su párroco, José Porto Buceta. «Es por tradición», dice. Eso sí, no se podrán tomar las uvas en su centenaria plaza empedrada, porque enmudecen a partir de las diez de la noche y no vuelven a sonar hasta las diez de la mañana. «Para no molestar a los vecinos de noche». Al mediodía, las doce campanadas se acompañan de la música tradicional de la hora del Ángelus, el Ave María de Fátima. A esa hora suenan acompasadas las de la parroquia de San Fernando, y en Santa Marta, los vecinos disponen también de servicio horario; se lo marca el mecanismo automático que cada sesenta minutos hace repiquetear las campanas de la iglesia parroquial.

Suenan más campanas en Santiago, por supuesto. Lo hacen en las parroquias rurales y en las iglesias y monasterios de la ciudad para anunciar las misas, pero ya no están pendientes de marcarles las horas a los vecinos, ni de repicar por las fiestas ni de doblar por los muertos.

La fuerza de la costumbre sigue pesando en Compostela. Cada tarde, en Sar, José Porto Buceta tira de la cuerda de la campana que anuncia la misa de siete. Lo hace desde hace décadas. Lo hace por tradición.

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