Agravio


El Administrador de Infraestructuras Ferroviarias y el Ministerio de Fomento han convertido a Santiago en víctima de un superlativo agravio con la planificación de la estación del AVE desde el mismo momento en que, con la ayuda del entonces alcalde Conde Roa, metió en el cajón el diseño nada desproporcionado de Juan Herreros. El agravio fue firmado y sellado con esa cláusula de los 3,5 millones de pasajeros para que la capital gallega pueda tener una auténtica terminal de AVE, una cláusula que las tres administraciones dicen que hay que eliminar, pero ahí sigue. Así, mientras arranca la construcción de la pasarela que unirá las terminales del tren y del bus y los barrios del Ensanche y Pontepedriña, Santiago tiene que soportar una infraestructura de segunda. La realidad del día a día demuestra la necesidad de acelerar el proyecto de la auténtica estación del AVE, y que en él se incluya un aparcamiento como es debido, probablemente subterráneo, y una cubierta sobre vías y andenes que proteja de la lluvia y el frío a los usuarios. Mientras tanto, estos tienen que sufrir estas y otras situaciones indecentes, como la falta de espacio en el exiguo edificio terminal, donde no hay asientos para más de treinta personas, o hacer largas colas bajo la lluvia para pagar el aparcamiento en los dos únicos cajeros. Por cierto, el movimiento que genera un solo tren llega a colapsar los dos accesos en coche, de forma que, haciendo cola, se agota el tiempo disponible para salir. Lógicamente, los enfadados conductores se niegan a volver a pagar. ¿Qué hacer entonces? Sencillo: un acompañante se apea y levanta a mano la barrera mientras los coches van pasando. Esta es la estación que tenemos en Santiago.

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