Jarrones chinos


Lobra del reputado artista americano James Castle llegó por primera vez a España en el año 2011 al Museo Reina Sofía. El artista nunca pudo explicar el valor de sus creaciones porque era sordomudo, pero también porque era analfabeto y se había criado en una granja de Idaho alejado de la intelectualidad. Eso no fue impedimento para que dejase 200.000 piezas que todavía hoy causan admiración entre entendidos y profanos. Al pastoreo se dedicaba también el joven Miguel Hernández, empeñado en leer entre las líneas del horizonte que se dibujaba en el cielo de los prados de Orihuela en los que llevaba a pastar las cabras. Y sin embargo, la sensibilidad de sus versos lo colocaron entre los más grandes de la poesía española. Tita Cervera se contagió enseguida de la pasión que la familia de su marido, el barón Thyssen, tenía por las artes, y aunque ella no era analfabeta ni iletrada, en su juventud estaba más interesada por la farándula que por las galerías. Y sin embargo, el museo Thyssen-Bornemisza está en Madrid por voluntad personal de quien fue miss España. Son casos excepcionales de personas con una sensibilidad especial para el arte al margen de sus biografías. Son una excepción, como excepcional es también lo contrario, que haya vástagos que lo han tenido todo en la vida para crecer personal e intelectualmente y hayan ignorado de tal forma esas oportunidades que todavía creen que los jarrones chinos se compran en bazares asiáticos, que el valor de un libro depende de la estantería que lo alberga o que la grandeza de una estatua se mide por su tamaño, a diferencia de los bombones selectos.

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