¡Qué rabia!


Hace unos pocos meses salía aquí una referencia a la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), que al fin había tenido una breve intervención en Santiago en el Climathon, un foro de debate celebrado al mismo tiempo en todo el mundo.

Hay que volver a la entidad porque ha conmemorado su veinticinco aniversario y decimotercer congreso, centrado en la biodiversidad. No en Galicia, por desgracia, sino en Madrid. Presencia gallega, poca: la infatigable Isabel López, directora de Márketing de Signus (la empresa que recoge sus neumáticos de coche cuando ya están demasiado usados), el escritor Manolo Rivas, una profesora de O Courel (que lo bordó) y el firmante.

Brillante congreso. Pero a la hora de coger el avión de vuelta la rabia salía hasta por las orejas. ¿Cómo es posible que la Galicia oficial haya estado al margen de una cita como esta, donde otros como el País Vasco, Madrid y Castilla La Mancha no pierden la oportunidad de asomar la cabeza ante dos centenares de profesionales de la información especializada en el medio ambiente, y además con la cumbre mundial del cambio climático a la vista? ¿Cómo no abrir en directo la oreja cuando una representante de Naturgy explica una génesis muy edulcorada del lago artificial de Meirama?

El aislacionismo milenario del gallego explica sin duda esa actitud que reflejaba muy bien un conocido nacionalista años ha: «Mi mente acaba en Ribadeo». Pero ¿y la Galicia oficial de la Xunta? ¿Y los partidos que aspiran a ocupar despacho tras las elecciones del año que viene? ¿Su mente acaba también en San Caetano o en San Lázaro, donde está la Consellería de Medio Ambiente?

Galicia necesita incluir en su menú una ración de APIA.

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