Agua

Ignacio Carballo González
Ignacio Carballo LA SEMANA POR DELANTE

SANTIAGO

Una ciudad cuyo eslogan es «donde la lluvia es arte» no debería tener una relación conflictiva con el agua. Sin embargo, Santiago la tiene. Y no por los rigores de su naturaleza, pues estoy seguro de que las lluvias de este otoño, aun siendo intensas y persistentes hasta aburrir, no son una excepción en la historia de la ciudad, salvo que el profesor Docobo quiera desmentirme echando mano de los exhaustivos informes del observatorio que dirige en el campus sur. Más bien es consecuencia de la desidia de las administraciones, que desde siempre abren el paraguas de ese sambenito de Compostela para resguardar sus abandonadas responsabilidades. No, en Santiago los conductores no tienen que sufrir situaciones de riesgo al ver convertidos sus coches en navíos deslizantes surcando auténticos embalses en el periférico; ni los transeúntes recibir un aluvión de agua salpicada por los vehículos o de chorros que caen de los tejados por mala canalización o desde vías superiores que vierten densas cortinas de agua (por ejemplo, en la rotonda inferior de Sar); y, mucho menos, correr serio peligro de ser aplastados por una roca desprendida del talud de la Alameda. Con acciones preventivas, como limpiar las gruesas capas de hojas que atascan los sumideros, controlar los movimientos de tierra en los taludes, corregir los defectos constructivos en algunos tramos de la SC-20 -cosa que tenía que haberse hecho hace muchos años- y culminar las intervenciones necesarias para evitar las reiteradas inundaciones en concretos puntos de la capital, esta relación conflictiva no sería tal. Y entonces, ahora sí, la lluvia sería arte en Compostela.