Pensábamos que un buen refuerzo de policías es lo que necesita Compostela para poner orden en sus calles, pero no. Mayoritariamente son porteros. Sí, porteros de esos que ya casi no quedan, tal vez en alguno de esos edificios del Ensanche caro, con viviendas de alcurnia y unas cuentas consultas de médicos. Menos sonrientes y de un perfil aguerrido, pero porteros al fin. Porque esto va de controlar, y de abrir y cerrar. Alguna incorporación de pistola al cinto en la plantilla municipal sí hace falta, para patrullar las calles o para no dar un minuto de respiro a los indigentes del Toural y que se vayan con su jaleo a otra parte, de donde tendrán que volver a ser expulsados. Sí, porteros. Para cerrar y abrir calles enteras, para que los sufridos insomnes de los jueves y viernes puedan dormir. Porque a la vista está que los porteros de discoteca o no quieren o no pueden (la calle es de dominio público, claro) hacer nada frente a la avalancha convocada por sus propios jefes con incentivos que aumentan el calibre de sus recaudaciones a medida que multiplican la masa vociferante agolpada a sus puertas y a horas cada vez más tempranas, porque la infernal noche de Halloween había premio por llegar pronto pero no por recogerse antes, y la multitud que se quedó fuera tuvo, como siempre, la consolación del botellón cutre de portal a resguardo de la lluvia, con los vecinos a la intemperie de la histeria. ¿La solución? Regular el acceso a la calle, abrir y cerrar. Ya lo verán, en cuanto haya porteros-policías disponibles. Y podrá ser un ensayo de lo que vendrá en el Xacobeo, no ya en dos o tres calles discotequeras sino en todo el centro histórico. Palabras mayores para la próxima Semana por delante.