Los muebles


La semana pasada, a las afueras de la ciudad, vi a un hombre mayor bajando los muebles de su casa y ordenándolos meticulosamente a la entrada de su portal. Yo iba en coche, y aminoré la marcha para observarlo. Supuse que estaría esperando al camión de la mudanza. Un viejo sofá estaba contra la pared del bajo, igual que si fuera el salón de su propia casa. Parecía que alguien iba a sentarse allí, a descansar y a pasar la tarde, con una cerveza y las piernas cruzadas, como si la acera fuese la gran pantalla que proyecta la película de la vida.

Al dejar aquel lugar, me acordé de Raymond Carver y de su cuento titulado ¿Por qué no bailáis?, en el que un hombre solo y alcohólico, al que ha abandonado su mujer, decide sacar sus muebles al jardín para venderlos. Mientras va a por whisky, una pareja joven llega a la casa y lo curiosea todo; hasta se besan y se tumban la cama. Cuando regresa, la chica empieza a negociar el precio de los objetos a la baja, pero el hombre enciende su tocadiscos y les invita a beber. El chico, después de varias copas, termina completamente borracho, y la chica y el señor acaban bailando abrazados en el jardín sin importarles que los observe el vecindario. El pasado y el presente aparecen así agarrados, atraídos de forma incesante, en la cruel metáfora del amor.

Al pasar luego por el mismo lugar, imaginé por un instante que en el sofá que había visto en la calle esa misma mañana habría un joven durmiendo, y que el señor que bajaba los muebles estaría bailando en la acera con una chica, como si despidiese su vida o celebrase el inicio de otra. Pero allí ya no había nadie.

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