Marcapáginas


Un viejo amigo, y gran lector, me confesó en broma hace tiempo que si existiese otra vida a él le habría gustado reencarnarse en un marcapáginas. Viviría así siempre entre libros, descansando largos períodos entre hermosos pasajes de la literatura, entre trepidantes capítulos de aventuras y viajes, entre poemas. Pasaría ausente largas temporadas, perdido en cualquier ejemplar de la estantería, en una especie de olvido y de sueño reparador, hasta que alguien lo rescatase para otra lectura. Los marcapáginas duermen meses y años envueltos en el edredón de las hojas sin que nadie los despierte, tranquilos y felices, a sabiendas de que volverán un día para que nadie se pierda si emprende el camino de la lectura, como si fueran un faro que guía la navegación en el océano de las letras.

Así que tomaré prestado el viejo deseo de mi amigo, y si alguien me hace la absurda pregunta de qué me gustaría ser en otra vida, le diré que un marcapáginas. Para cambiar de siglo entre baldas, para viajar al centro de la tierra o dar la vuelta al mundo en ochenta días; para ver volar a los gansos en Montana o jugar, al atardecer, en un jardín de Newark; para ser un día periodista deportivo y otro agente inmobiliario, como Frank Bascombe. Por todo eso, quiero reencarnarme en un marcapáginas. Y aparecer un día en el mostrador de la librería, y que me envuelvan junto al libro en papel de regalo. Y cambiar de dueño, y de casa, y tal vez de país. E hibernar largas temporadas al calor de las páginas, como sábanas blancas, y despertar cada primavera en otras manos, en otras tapas, y volver así a nacer de nuevo.

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