Va camino de convertirse no ya en una cita obligada en el mundo académico gallego, sino en un rito. Porque alcanzar las doce ediciones de Parlamento Xove es en sí mismo todo un éxito. Llegan y se van conselleiros del ramo, llegan y se van directores (y directoras) xerais de Xuventude, pero ese campeonato de debate sigue sin la menor interrupción.
Y hay que decirlo todo: el hecho de que esté desde siempre una competente funcionaria al frente, Yolanda Otero, es claro que ayuda, y mucho. Porque no, no todos los funcionarios se rascan la barriga ni mucho menos en su horario de trabajo pagado por usted y yo. Ella (y no es la única) no cobra ni un céntimo por esas horas extras que le obliga a hacer el Parlamento Xove. Pero esa es otra historia.
Lo fundamental es que a esta sociedad le gusta debatir, y Parlamento Xove enseña a hacerlo a estudiantes de ESO, de Bachillerato, y, desde este año y por decisión de la nueva directora xeral, Cristina Pichel, también de universidad. De toda Galicia. Y les enseña a respetar al de enfrente, que es un adversario circunstancial y un compañero siempre. (Por cierto, una de las grandes asignaturas pendientes de este país, que intenta ver enemigos bajo las piedras. Echen un vistazo a las redes sociales y lo comprobarán).
El Parlamento de Galicia fue el escenario el fin de semana pasado. Y, curioso, la mayoría de los que intervinieron (más de una docena de centros en esta fase final; hubo otra multitudinaria donde se hizo la criba, en Culleredo) tenía la idea de que los políticos cuyos asientos ellos ocupaban por unas horas no se respetan, cuando -algún bárbaro aparte que quiere sus minutos de gloria- la realidad es bien distinta.