La cruzada de Dylan


Ir a un concierto de Bob Dylan en el 2019 es un acto de fe. El mito no es el que era, porque los tiempos siguen cambiando y lo hacen muy deprisa. Pero Dylan ha sabido modelar con maestría una obra gigantesca que, provista de nuevas texturas, todavía es capaz de defender con brío. Así lo demostró el lunes en ese Multiusos con reverberación de planta semisótano en el que solo suena redondo el Miudiño. Fue, hagan sus apuestas, el mejor recital que podrá verse este año en Galicia. Para los que teníamos como anterior referente su homilía del 2004 en el Monte do Gozo, esta nueva parada nos reconcilia con uno de esos artistas cruciales en nuestra forma de ver el mundo, en la de generaciones enteras, pero que encarna una época que ya apenas existe más allá de los discos que atesoramos y de sus giras. Porque mantener viva esa llama es el sentido de que un señor de 78 años siga subido al escenario, como otros ilustres que hace tiempo que pasaron los 70: de Van Morrisson a Eric Clapton, de Joni Mitchell a Neil Young, Jagger, Richards o McCartney.

Por eso que el férreo marcaje contra el uso del móvil en sus conciertos se convierta en la arista más afilada de las crónicas del día después no deja de ser una perversa ironía. Los que contribuyeron a definir la cultura del siglo XX pelean ahora contra medios más implacables. Consciente de que es imposible contener las olas con una cuchara, Dylan tal vez quiere alertarnos con su actitud de que esta revolución puede camuflar perversas formas de opresión. Tan cierto como que también nos permite pasear con sus pirámides metidas en el bolsillo.

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