Reconozco que soy rehén de las redes sociales. Me gustan y las tengo casi todas a golpe de clip en el móvil. Tanto que, con la excepción de mi periódico que leo tranquilamente en papel mientras tomo el primer café de la mañana, uso las redes para llegar a las web de las demás cabeceras, y tener así una visión general de lo que ocurre en el mundo. Lógicamente no leo todo. Necesitaría para ello bastante más tiempo del que es recomendable, así que procuro seleccionar. No paso del titular de las informaciones políticas, ya no me interesan nada. Mis disculpas para mis colegas, que me consta que se esfuerzan cada día por atraer mi atención. Tampoco soy capaz de quedarme prendada de las que tienen que ver con los cotilleos de los famosos. Sin embargo, y pese a intentarlo, no puedo desengancharme de la pantalla del móvil para devorar sucesos. Estos sí que los leo y releo con la esperanza de encontrar respuestas para los porqués. Quise entender por qué Rosario y Alfonso asesinaron a su hija Asunta; y sigo sin respuestas para el crimen de Elena Marcu y la desaparición de María José Arcos. En la sección de sucesos estos días se habla de la red de trata de mujeres, supuestamente creada por un conocido individuo de Santiago. Este porqué está claro. Solo dinero, hay mucha demanda para este repugnante negocio. Me pregunto que estarán pensando los individuos que pagaron por pasar el rato junto a alguna de las mujeres que ahora han sido liberadas de la explotación. Seguramente se dirán, a modo de autojustificación, que no sabían que eran obligadas, y así sus conciencias quedarán tranquilas. Sin embargo, sepan ustedes que también son responsables.