Prostitución


España ostenta el ignominioso título de ser un paraíso de la prostitución. En todas partes hay mujeres que ejercen este oficio al que con una repugnante equidistancia se denomina como el más antiguo del mundo. Como si el mal, por viejo, fuese menos malo. Hay burdeles a la vera de todas las carreteras medianamente transitadas de este país. Tugurios señalizados con neón que esconden bajo su alegalidad mil y una historias de explotación. Estos días nos echamos las manos a la cabeza al saber que el que fue presidente del sindicato Xóvenes Agricultores, Juan Pérez Miramontes, ha sido detenido como presunto cabecilla de una red de trata de blancas que captaba mujeres en Paraguay, las traía a Santiago prometiéndoles trabajos y las obligaba a prostituirse en pisos del Ensanche con la excusa de que debían saldar su deuda económica con la organización. Nos sorprendemos por quién es él. Porque le hemos visto en fotos con Mariano Rajoy y otros dirigentes del PP, con el que durante años estuvo muy vinculado. Pero nos sorprendemos menos de que haya tantas organizaciones que hagan negocio con la carne de mujeres desesperadas en países donde el futuro es aún más incierto que en el nuestro. En España se ha normalizado la prostitución. Hay para quienes es una oferta de ocio más. Así de crudo. Y ese es el verdadero escándalo. La vergüenza es que el mayor burdel de Europa esté en La Junquera (Gerona) y a él vayan a millones puteros de países en los que este negocio está más perseguido. Y que en ese asqueroso ránking solo le compita el puesto otro prostíbulo valenciano. ¿Hasta cuándo miraremos hacia otro lado?

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