Después de catorce semanas de huelga y movilizaciones del personal de Urxencias del CHUS, hubo fumata blanca. Mejor dicho, fumata gris porque el acuerdo no es total, sino que se descuelga el sindicato médico O’Mega, que ahora habrá de decidir su estrategia, si sigue adelante en solitario con las medidas de presión en demanda de esos dos facultativos a mayores que reclama y que la gerencia de Xestión Integrada no da. Con el acuerdo, respaldado en urna, entre la gerencia y el Comité de Centro de Atención Especializada, ganan las dos partes en conflicto y todos los usuarios, porque tendremos un servicio de Urxencias mejor atendido: once plazas más de enfermería, otras once de auxiliares de enfermería y estabilización de dos médicos, entre otras mejoras. ¿Era necesario tanto ruido para llegar hasta aquí? Porque un conflicto en carne viva, como en varios episodios fue este, tiene un coste elevado de merma de confianza en nuestro sistema público de salud, azuzada por una pésima imagen difundida a los cuatro vientos por todo el país, cuando probablemente la situación no fuese peor que en otros centros hospitalarios de Cataluña o Madrid. La sanidad sigue siendo una de las joyas de la corona pese a que casi desde las transferencias resuena en nuestros oídos la reiterada cantinela de la privatización. El área sanitaria de Santiago maneja este año un presupuesto récord que suma la friolera de 607 millones de euros, de los que el 10 % paga los servicios externos de otras instituciones públicas o de empresas privadas (los conciertos asistenciales con hospitales privados se llevan 5,4 millones). Sirva la experiencia para atajar a tiempo otros frentes abiertos, como el de atención primaria.