La sombra


Resulta difícil asumir que ya no se refleja la sombra del peregrino en la plaza de A Quintana. Tan difícil como admitir que el peso de los años que recaía sobre sus hombros se traslada ahora a la propia sombra del paseante con memoria al que le cuesta reconocer, en una multitudinaria manifestación a favor de la sanidad pública, el mismo escenario que llenaron Carlos Santana o Antonio Vega en los noventa. Ya entonces, con la delgadez del líder de Nacha Pop se podía intuir que algo de aquellos felices años se estaba torciendo. Pero sería imposible imaginar en esos conciertos que la mejor conquista que parió la democracia española corriese peligro, o que la hucha de las pensiones con las que los abuelos alegraban nuestros despreocupados fines de semana tuviese fondo. Y sin embargo, con la madurez de la sombra en A Quintana fue degradándose el paisaje y un paciente pierde la vida en los baños de un centro de salud sin que nadie huela la muerte hasta tres días después, y el cadáver de una abuela convive un año entero con su hija y su nieta para que en el hogar siga entrando la paga que ya no costea la entrada del concierto de fin de semana sino el pan nuestro de cada día. Las banderas que antes se enarbolaban como identidad ahora se blanden como afrenta y lo que entonces se entendía como equilibrio territorial ahora se interpreta como saqueo. Como las sociedades democráticas tienen los dirigentes que las representan, está claro que entre todos algo hemos hecho mal. Pero también entre todos podemos corregirlo. Si en vez de atacar decidimos cooperar, y en lugar de cerrar puertas, abrir conciencias. Y edificar, y no aniquilar.

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