Apalpadores


He de reconocer que hasta hace pocos años no conocía quién era ese Apalpador que, de repente, se coló en las Navidades de Compostela y otros muchos concellos en los que han decidido rescatar en su programación festiva esta figura típica de la Nochebuena gallega. Comentando el tema con otros picholeiros de distintas edades, resulta que tampoco sabían de este carbonero que abandona las montañas lucenses para colarse en las casas, con el objetivo de palpar las barrigas de los niños para comprobar si han comido suficiente durante el año y dejarles un puñado de castañas, o hasta un obsequio si han sido buenos.

La versión del Santa Claus a la gallega no acaba de calar. Y, aunque sería bonito y deseable sustituir esa imagen americanizada del hombre vestido de rojo que viaja en un trineo tirado por renos por la de un humilde carbonero del interior de Lugo que comparte y reparte lo poco que tiene, las tradiciones populares no se pueden meter con calzador. Se mantienen o renacen porque hay un sentimiento de identificación que, en el caso del Apalpador, no parece existir. Y no sintoniza aquí, ni lo hace en Rianxo, ni en otros municipios (habrá donde sí, lo desconozco) que ven esta figura con recelo, como algo extraño.

El Samaín ha conseguido colocarse más o menos a la par que Halloween y tal vez el Apalpador llegue a hacer sombra en algún momento a Papá Noel, pero lo cierto es que la mayor parte de los pequeños escriben sus cartas con destino Laponia. ¿Cómo explicas a un niño que su lista de deseos, a diferencia de la del resto de sus compañeros, la va a satisfacer un paisano lucense que fuma pipa? Perdónenme las reticencias, pero no lo veo.

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