Correr


Nunca me gustó correr, sobre todo porque cuando eres pequeña tiendes a asimilar el trote y el galope a la maniobra de supervivencia ante una abuela con ganas de darte un azote o echarte un rapapolvo por cualquier trastada. Con los años, el deporte siguió sin ser lo mío, pero, como muchas, recuerdo aquella campaña publicitaria de una mujer corriendo con el mensaje de Nada de juegos, solo deporte.

Ni por esas caí en el buen hábito de hacer ejercicio y echarme a correr. Bien es cierto que entre las razones para desmotivarme nunca estaba el miedo a que me pasase algo. Ni siquiera cuando me tocó vivir en la misma ciudad en la que unas mujeres a las que llamaron locas y malpensadas decidieron unirse para hacer deporte y correr al aire libre.

Y es ahora, porque no me queda otra que hacer ejercicio, cuando caigo en la cuenta de que mantenerse en forma y salir a correr puede costarte la vida.

No importa que vivas en un pueblo de Ourense o de Huelva, en una ciudad de varios millones de personas o en Santiago, lugar tranquilo donde los haya y con espacios maravillosos para correr, porque la posibilidad de que tu vida se convierta en una trágica estadística es real, muy real.

Por cómo van las cosas, y dado que no hay trazas de que vayan a cambiar, y que todo deporte en su justa medida es de lo más cardiosaludable, habrá que diversificar alternativas, y correr, practicar boxeo y algún arte marcial. Así sí que es posible que cuando te enfundes en unas zapatillas y te eches al campo para saborear tus propios límites puedas, de vez en cuando, dar algún manotazo o patada y decir simplemente: tranquilo, esto es solo deporte.

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