Constitución


Hace 40 años yo era un niño y no entendía lo que era una Constitución, como tampoco supe lo que estaba pasando el 23 de febrero de 1981 cuando Tejero, Milans del Bosch y algunos otros pirados quisieron finiquitarla. Veía a mi madre ir de un lado al otro de la casa murmurando «ha habido un golpe de estado, ha habido un golpe de estado» y comprendí que algo grave pasaba, pero recuerdo que me pregunté a mí mismo qué narices era un golpe de estado. Hoy lo sé. Derrocar un orden legítimo y democrático por la fuerza. Ya sea de las armas, al viejo estilo, o de la amenaza de una confrontación civil, como pretendieron hace un año en Cataluña los secesionistas y como, por desgracia, siguen intentando hoy. Esos, como otros, pretenden tiznar de apelativos negativos todo lo constitucional. Quieren hacer ver que es retrógrado, antiguo, viejuno. Inmovilista. Que lo guay y moderno es tumbar todo lo que hemos construido con sumo esfuerzo. Desgraciadamente, han inoculado en la sociedad un mal que mucho me temo que ya no tiene cura. Uno que ha cegado a millones de personas, que ya no saben ver que el mejor futuro de España está en su inspirador pasado reciente. En ese 1978 cuando políticos de ideologías opuestas, tan opuestas que no hacía tanto que se habían matado por ellas, se sentaron en una mesa, se miraron a los ojos, entendieron que la victoria no se alcanza sin ceder y negociar, y alumbraron la que es -no dejen que les mientan- una de las constituciones más progresistas del mundo y que con mayor celo salvaguarda la libertad, la igualdad, la justicia y la democracia. La locura de un extremo provoca locuras en el extremo contrario. Y el único remedio a esa enfermedad es la Constitución.

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