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Susana Luaña Louzao
Susana Luaña DE BUENA TINTA

SANTIAGO

No sé si soy una gran defensora del pequeño comercio, lo que sí sé es que soy consumidora de productos de cercanía y del comercio de proximidad. Porque me gusta pasear a la vez que compro y charlar con los clientes y vendedores que conozco de toda la vida, dejarme aconsejar por su experiencia y alegrarme de que las cosas les vayan bien o entristecerme en caso contrario igual que ellos me desean a mí lo mejor y se preocupan si yo estoy preocupada. Es decir, hacer vida de barrio y crear comunidad. O sea, que si por mí fuese, las plataformas de venta a través de Internet se morirían de pena, porque no concibo comprar un pantalón sin probarlo ni vestir un jersey sin antes tocarlo. Pero hace dos meses caí en la tentación. A sabiendas de que me iba a arrepentir, compré unos zapatos porque me los metieron por los ojos con una foto atractiva y porque eran preciosos y porque jamás los vi parecidos en una tienda. Y digo compré porque al día siguiente ya me clavaron el importe en la cuenta, pero por mis zapatos sigo a la espera. Reclamé, sí; la primera vez por las buenas y en la segunda amenazando con una denuncia, y en las dos ocasiones recibí un mensaje en inglés que, en resumen, me pide paciencia y me dice que la cosa va para largo. Así que sí, supongo que soy una defensora del pequeño comercio, aunque haya sido crítica en ocasiones con el trato no siempre amable o con las reticencias de algunos comerciantes (no todos) a adaptarse a las necesidades de sus clientes de hoy en día, que no son las mismas de los de hace 50 años. Porque los pueblos, sin tiendas que los alegren y les den vida, se mueren. Y porque si yo me lo compro, yo me lo llevo.