En este país de contrastes, a la vuelta de la esquina de repente se divisa algo que incita al asombro. Porque somos un país rico -sin duda alguna, con la riqueza mal repartida y con una desigualdad lacerante- en donde la necesidad con mayúsculas ha sido algo (poco) arrinconada. Aunque maldito consuelo es eso mientras haya un solo niño que no pueda comer tres veces al día, que de esos tenemos bastantes en la comarca.
Pero somos un país que dispone, por ejemplo, de miles (no es una forma de hablar: miles) de ofertas a profesores y alumnos, tantas que los centros que tienen un aceptable nivel de actividad se ven casi imposibilitados de elegir: sobre la mesa hay muchas más ofertas que días tiene el curso.
Quizás ese escenario contradictorio es el que hace que a excelentes certámenes y concursos pensados para jóvenes, como el Crea de la Dirección Xeral de Xuventude, no concurra una avalancha de candidatos, algo que sí sucedería si fuese una idea populista del tipo MasterChef, degradación de los participantes incluida. En cualquier caso, la buena noticia es que cada vez son más los que quieren participar en Crea. Por lo menos en gastronomía.
Pero no, eso no es MasterChef, por suerte. El respeto es la primera norma de los Crea, porque el respeto es un valor en la UCI y hay que recuperarlo a toda costa. Eso es lo que imperó el lunes pasado en la especialidad de gastronomía, donde los seis finalistas recibieron, al final, serenas explicaciones de cómo mejorar su producto. Porque esa es la vía: enseñar y aprender, aprender y enseñar. Con respeto.
Por cierto, ninguno de los tres ganadores era justo de Santiago. Pero el primer premio se fue para Noia, lo cual tampoco está nada mal.