La noche caía pronto, recién acabada la tarde, y casi siempre había un hombre que tocaba el saxo en los soportales. Recuerdo la funda en el suelo, abierta, con el fondo rojo, donde la gente lanzaba los duros y las pesetas. Las monedas, al caer, sonaban como si lo hicieran en un cofre. Los establecimientos iban cerrando, poco a poco, y olor de la piedra mojada del suelo se mezclaba con el de las castañas asadas. Se había hecho tarde, y tocaba volver a casa. Así eran aquellos meses de noviembre, unos meses que tal vez hoy hayan desaparecido. Entonces no existían las calabazas, ni nos disfrazábamos; sí recuerdo las flores, el primer día del mes, casi siempre una jornada fría y lluviosa, en la que las rosas y los crisantemos servían para recordar a los que se habían ido. El día de difuntos era como una primavera fugaz en el arranque del otoño.
Las notas de aquel saxo sonaban sin cesar. En la calle apenas se veía y de un escaparate salía un haz de luz. Un faro para guiar a los curiosos. Entonces te acercabas a la tienda, ya cerrada, y veías aquellos televisores superpuestos, sin sonido, que emitían todos a la vez el telediario o el partido. Los peatones se paraban delante de una iluminación cálida y hogareña en una noche desapacible. En aquellos meses de noviembre había tiendas que vendían electrodomésticos. Todo eso ha emigrado hoy al extrarradio de las ciudades, a las grandes cadenas de los centros comerciales. Habrá que llevarle hoy un ramo de flores al pequeño comercio. Su muerte se ha llevado también por delante el único sitio en el que los vagabundos soñaban un hogar.