Santiago no es una ciudad fácil para desplazarse en bicicleta. Sin llegar a exigir las cualidades del Águila de Toledo (recuerden, aquel as de la montaña que al llegar, siempre destacado, a las más altas cumbres echaba pie a tierra para esperar tranquilamente la llegada del pelotón y seguir pedaleando), las cuestas y las condiciones meteorológicas frecuentemente desfavorables pueden retraer a los más entusiastas de las dos ruedas. Por no decir los problemas para aparcar el vehículo en casa. Mi vecino, el del tercero sin ascensor, tras pedalear ida y vuelta del centro a su trabajo en San Caetano cada día, carga su bici al hombro escaleras arriba porque teme que se la roben si la deja en el espacio de mi plaza de garaje que le ofrecí porque ver su esfuerzo me hace sudar. Al final es eso. Moverse en bici por la ciudad, hoy por hoy, tiene mucho de pasión, de voluntarismo, de ejercitarse como si uno fuese a machacarse al gimnasio, y muy poco de alternativa fácil para la movilidad en la ciudad. Y es que, por mucho que el gobierno local se esfuerza en «calmar» el tráfico, implantando en todo el centro la velocidad máxima de 30 por hora, reservando franjas de seguridad para bicicletas e instalando puntos de estacionamiento, faltan condiciones reales. La ausencia del carril bici que dé seguridad plena a los ciclistas, excepto el de Fontiñas que no lleva a ninguna parte, es la más sonora y deja a Santiago a años luz de otras ciudades españolas, gallegas y europeas. No se puede pretender expulsar de sopetón los coches para sustituirlos por felices ciclistas, como si Santiago tuviese llanas vías -y cultura de bici, esa hay que trabajarla- como en Ámsterdam, donde pedalean gentes de todas las edades y de punta en blanco.