Las estatuas


Resulta indignante que a estas alturas nada menos que dos estatuas de una joya del arte como es el Pórtico de la Gloria, patrimonio de la humanidad, sigan perteneciendo a la familia de Francisco Franco, que se apropió de ellas aprovechando que ejercía el poder total y absoluto sobre España. Las tallas de Abraham e Isaac del Mestre Mateo son de todos. Son, para empezar, de Santiago y de Galicia, pero también de España y del mundo. No pueden formar parte de una colección particular, pero mucho menos si salieron de la Catedral con nocturnidad y alevosía. Estas dos magníficas estatuas son también la prueba evidente de que la familia Franco ha pedido el norte. Más allá de lo que pase con el Pazo de Meirás, que es más comprensible que quieran mantener en su poder por su gran valor económico, aquí están perdiendo una magnífica oportunidad de mostrar una generosidad y una buena voluntad que debe faltarles. Qué fácil les habría resultado donarlas y promover que la gran restauración ahora completada permitiera recolocarlas en su lugar original. Ese que jamás debieron abandonar. Lejos de un acto tan sencillo, se han enrocado y van a obligar al Concello a emprender medidas legales para recuperarlas. La prepotencia es mala consejera. Y los Franco actúan en este caso nublados por tan feo defecto. A veces parece que creen que España sigue siendo el cortijito de unos pocos, que cuarenta años de democracia, justicia y libertad no les han hecho mella. Parece como si algunos pensasen que el señor que pronto cambiará el mausoleo por una simple tumba sigue entre los vivos y que aún puede ordenar y mandar. Pues no, ya no.

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