La llave

Elisa Álvarez González
Elisa Álvarez CON BISTURÍ

SANTIAGO

El otro día me reía con el anuncio de una cadena noruega de supermercados que presume de ser la más barata del país. En él se muestra a un joven ejecutivo que vive en una casa de diseño completamente domotizada. Con su voz enciende la chimenea, se prepara un smoothie, modula la iluminación y abre y cierra puertas. Una mañana va al dentista y a la vuelta el sistema no reconoce su voz anestesiada. Mientras él llora empapado a las puertas de casa, rogándole al sistema operativo que le abra, la vecina, más humilde, entra tranquilamente en su hogar, con la bolsa de la compra del supermercado en cuestión, y utilizando la llave de toda la vida.

Un día, no sé cuando, la tecnología nos hará esa jugarreta. Y lloraremos a la puerta sin tener a quién gritar. Cada vez que llamo al Sergas y el contestador no me entiende, me ruega que repita una vez más «en galego, alto y claro», me siento como el joven ejecutivo, llorando a las puertas. Esta misma semana, ante el cajero de un párking, cuando la máquina no reconoció el billete, no aceptó tarjetas y no permitía pagar con más de diez euros me sentí de nuevo a las puertas, sin tener a quién gritar. Cuando en una autopista los coches se acumulan tras la barrera de un peaje y el primer conductor empieza a sudar porque no es capaz de encontrar la forma correcta de introducir el billete, sé que se siente igual, y tampoco tiene nadie a quién gritar.

Algún día, alguien protagonizará un titular propio de El mundo today porque la inteligencia artificial o la domótica no le permitirá salir de casa durante semanas. Ese día todos querremos una llave. O una ganzúa.