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Ese niño que fuimos lo arrastramos para siempre el resto de nuestra vida. Con el paso de los años, de forma inconsciente, lo cargamos a nuestra espalda, como una mochila que lleva dentro un chimpancé. Ese mono abre a veces la cremallera en el sitio y en el momento más insospechado; tenemos treinta, cuarenta o cincuenta años, y ahí está ese animal, inquieto y revoltoso, que asoma la cabeza para enseñar la lengua o hacer muecas un lunes por la mañana en la oficina, casi sin que nos hayamos dado cuenta. La infancia es maravillosa porque se alimenta de una ensoñación: la creencia de que la niñez es invencible y eterna, y que nunca creceremos. Esa convicción engañosa se repite después en la adolescencia, que es cuando se ama el riesgo y la locura y se mira a la vejez como algo remoto e inalcanzable.

En realidad, eres mayor cuando asumes que esa sensación de invulnerabilidad no regresará nunca. No hay un año exacto. Pero un día cualquiera, de repente, se abre el telón y apareces en el escenario sentado en una mesa forrando unos libros, mientras la sociedad mira sentada en sus butacas en la gran tragicomedia de la vida. Volveré al colegio estos días para llevar a mis hijos, como cada mes de septiembre, en el inicio de curso.

Ahí estarán sus percheros, con mochilas y mandilones; las mesas todavía en grupos de cinco; las grandes letras y números de colores decorando la pared. Ha pasado un año y mis hijos han crecido, pero la aguja de sus relojes sigue parada. A veces hasta parece retroceder. Viven en su sueño y no debemos despertarlos. Feliz vuelta al cole.

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