Tiempo


No hay nada más relativo que el tiempo. Se lo digo yo, pero también reputadísimos científicos que acaban de corroborar que nuestro cerebro hace que pase muy rápido cuando está disfrutando y lento como una tortuga cuando vienen mal dadas. Esto que la ciencia da ahora por probado lo sabía cualquiera. Hasta los niños, a los que una hora en el patio jugando al fútbol se les esfuma y sufren cada tic tac del reloj como una losa si son las matemáticas o la física lo que tienen entre manos. Por haber tenido la suerte de trabajar en lo que más me apasiona en el mundo, que es este noble oficio del periodismo, siempre me he compadecido de esos curritos a los que cada mañana les suena el despertador para ir a un lugar que detestan y los minutos de cada jornada laboral se les hacen eones. A mí eso no me ha pasado en 25 años de profesión. Ni siquiera en estos aciagos días de noticias falsas, redes sociales, sensacionalismo y otras tempestades que ha desatado Internet. Como siempre me decía el periodista y maestro de periodistas Pablo Viz, hoy jubilado, todo volve ao rego. Vamos, que las cosas el tiempo las pone en su sitio. Aunque la espera se haga eterna. El periodismo exige verdad, honestidad, empatía y tiempo. Porque las prisas son malas consejeras para todo, pero más a la hora de contar lo que pasa. Hoy los periodistas no pedimos más que eso, tiempo. Tiempo para hacer poder hacer las cosas todo lo bien de lo que seamos capaces. La travesía con fuerte marejada de fake news y malas praxis se está haciendo larga, pero pasará. Y aquí seguiremos muchos, como estos últimos 136 años que en esta casa se han pasado volando.

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