Adiós, Pataca


Al judío todavía lo recuerdan en casa. «A mí ponme la de aquel, que parece que está sano». Porque el judío no lavaba las tazas. En la memoria todavía danza por el Franco Bretón, que enganchaba el palo de la escoba y no paraba. Iba haciendo música contra las puertas en las tardes de tasca. Cómo cuando hacía mucho frío lo mejor era comerse unos tigres. Al terminar, salías en camiseta. Ibas templadito para casa.

Otros pasados son míos. Como el sabor de aquella ensaladilla de los sábados por la mañana. El tacto de los asientos de skai. El camarero uniformado detrás de la barra. El Royal. Al fondo de Doutor Teixeiro. Aquel bar de mi infancia. A veces, cuando me ponen ensalada de quinoa de tapa, me acuerdo de las patatas un poco rancias del Miami, el bar que tenía dos plantas. Decoración austera, vasos de tubo. El periódico siempre en la barra. La cara de Julia detrás de la barra del Mosquito. Moncho llenando el porrón. Y su bronca inútil de que aquí no se canta. Se han ido muriendo poco a poco. En silencio. Quedándose solos en un presente que adora la decoración nórdica, la vajilla minimalista y los cafés en vaso de papel y no en una taza. Ahora, el que se ha ido para siempre es el Negreira. Todas aquellas fotos acumuladas en la pared frente a la barra. Las escaleras estrechas, el comedor de casa de muñecas. Pero sobre todo, la tapa. Ya casi no quedan. Han sido devoradas por locales clónicos. Da igual si estás en la Rúa do Vilar, en Brooklyn, en Malasaña o en Tailandia. Esa oda a la uniformidad ha matado las tabernas. Las que sobreviven, son museos. Apenas unas líneas sobre lo pintoresco en las guías turísticas. Adiós, Pataca.

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