Luz del pórtico


Sí, hemos avanzado. En el respeto al patrimonio monumental, que es consustancial a la admiración por él. Por eso es tan importante la excelencia lograda en la rehabilitación del pórtico de la Gloria. La mejor prueba es la emoción de los visitantes que desde poco después de las ocho de la mañana del viernes forman un reguero ininterrumpido de catorce horas cada día -excepción hecha de los «inoportunos» parones por las misas en la basílica- hacia la obra cumbre del románico. Y el respeto que caracteriza ese flujo bajo la sonriente mirada de Daniel. Del santo dos croques ya casi no se acuerda nadie, o al menos a nadie, salvo algún despistado rápidamente advertido por los servicios de vigilancia, se le dio por ir a darse el cabezazo contra la sufrida testa, abatida durante siglos por la invención estudiantil de que a golpes por ahí entra la sabiduría y no clavando los codos en la biblioteca. Y a nadie se le ocurriría ahora poner sus dedos en la columna del parteluz; o, de rodillas, meter las manos hasta los codos, intentando alcanzar en las profundidades a saber qué, por las bocas abiertas de los leones en la basa, bajo la mirada estupefacta del Apóstol. Sí, recordarán ustedes que todo eso, y cosas incluso peores, como escalar las columnas, se hacían en el pórtico. Hoy nos parece increíble. Y además, sin venir a cuento ni remotamente, porque todo era superstición y vandalismo. En sí misma, la rehabilitación de la obra de Mateo es un lujo que atraerá las miradas de todo el mundo como si de un nuevo descubrimiento se tratara -de hecho, lo es- pero su mejor aportación será que alumbrará un mayor respeto por el patrimonio.

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