Tragedias


Todos creemos vivir una tragedia en algún momento de nuestras vidas. Y las vivimos, claro. Todos enfermamos. Todos morimos. A todos se nos mueren nuestros seres queridos. La muerte no es una equis en la ecuación de la vida. Es una certeza absoluta. Oscuramente cotidiana. Lo único que convierte la muerte en tragedia traumática es cómo se presenta ante nosotros. Unas veces nos vence por inesperada. Porque no la ves venir. Cómo si no viniese todos los días, la verdad. Otras por dramática. Y es aquí donde no hay exageración al hablar de tragedia. Desde hace cinco años, cada 24 de julio reseteo mi contador de tragedias vitales. Todas las que he vivido hasta ahora se quedan pequeñas, casi diminutas, al lado de las de las víctimas del accidente de tren de Angrois. Unos padres, madres, hermanos, hijos o amigos a los que la vida les golpeó inesperadamente en una jornada que tenía que ser de reencuentros, de felicidad y celebración. Y con un dramatismo extremo, porque a las sirenas, a las luces rojas y azules, al silencio ruidoso, al humo y al horror, le siguió la peor de las tragedias, que es la de sentirse víctimas de la más fría de las injusticias, del más terrible de los abandonos. Angrois es una historia de imprudencias, despistes y posibles negligencias, sí. Pero para mí es una historia de historias que, todas ellas, individualmente, alcanzan la categoría de tragedia. Al lado de lo que ellos han vivido y siguen sufriendo, todo parece poco. Cada víspera del Apóstol mi pequeño mundo de dudosas certezas se derrumba ante los ojos de los que sobrevivieron a aquel tren o a aquella eterna espera en la estación. Algunos, aún siguen allí esperando.

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