La cama


Si vas paseando por la calle y, por ejemplo, te encuentras una cama como quien ve un puesto de churros, las reacciones pueden ser infinitas. Y si, como fue el caso, el escenario es el Obradoiro, lo más factible es que te imagines estirada como un gato panza arriba para contemplar la Catedral o pienses que en cualquier momento puede dar comienzo una performance de la que no tenías ni idea.

Sueños aparte, la cama en cuestión es la que estos días recaló en el Obradoiro para que reflexionemos sobre como los alquileres de viviendas turísticas sin regular pueden romper la gallina de los huevos de oro que tenemos en Santiago, ese maná que olvidamos en cuanto encendemos el ordenador y buscamos un alquiler turístico en otra ciudad que no nos importa tanto.

Vivir en un casco histórico era hasta anteayer cosa de pobres. Hoy es prácticamente un lujo asiático y, como siga la cosa así, en un futuro muy cercano será toda una quimera.

Para muchas personas, viajar es la mejor vacuna contra el colapso mental y el antídoto perfecto cuando la mezcolanza del estrés y la rutina coge carrerilla por tus venas. También es una muy buena forma de convertirte en alguien mejor y ayudar a que allí por donde pasan tus ojos quede una buena semilla de la tierra de la que procedes.

Al revés de lo que ocurría con los cascos históricos, hasta hace poco viajar era cosa solo de ricos, porque los que no lo eran, simplemente, emigraban. Ahora, que moverse está al alcance de muchos más, la picaresca turística resulta más peligrosa de lo que todos estamos dispuestos a reconocer, aunque eso no quite que viajar nunca puede volve a ser cosa de unos pocos.

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