Esta ciudad del noroeste peninsular

Compostela contiene afinidades gratificantes y disparidades que abocan al nerviosismo


Como todas, como ninguna. Las ciudades se comportan de manera similar, independientemente de las situaciones socioeconómicas y culturales. La conciencia del capital lo ha logrado, compitiendo contra sí misma y vitoreando un supuesto triunfo que circula muy por encima de nuestras cabezas. La rebelión a escala global entró siempre en el «plan bursátil»; vista por sus ojos como una quimera, fue frustrada tras cada uno de los enfrentamientos que se han sucedido a lo largo de la historia.

Conviene analizar los epicentros civiles desde dentro, pero también a vista de pájaro, donde el ruido no nos ahuyenta. Por esta razón dos imágenes casi desconocidas, pero que nos pertenecen a todos, tratan de seguir enriqueciendo nuestra razón, llevándola a un nuevo punto de vista. En una, el centro histórico sobrevuela el Ensanche en dirección al monte de Santas Mariñas. En la otra, la ciudad remonta hacia el norte, camino de Meixonfrío y la cantera de Os Vilares.

A pie de calle, en la cota cero, traducimos nuestra sociabilidad como una muestra clara de lo necesarios que somos los unos para los otros, aquí, en lo urbano. Sin embargo, creamos enemigos entre los que nos rodean, sin tan siquiera mirarlos a la cara, sintiéndonos jueces ante el forastero y generando un rechazo encadenado.

Esta idea no está enquistada en Santiago, o por lo menos no entre la mayoría, viendo el transcurrir del tiempo por las rúas. Aún así, como viajeros potenciales que somos, en nuestro interior se oculta un miedo irracional junto al afán de descubrimiento.

Entendemos el instinto de supervivencia como parte de nuestra genética sensorial. Compostela contiene afinidades gratificantes y disparidades que abocan al nerviosismo; sucede lo mismo en Gijón, Córdoba, Oporto, Marrakech o Querétaro, porque asimilamos los espacios de forma parecida, pero sentimos las culturas de un modo plural y abierto. Estudiando los rincones saboreamos la esencia oculta; una labor aperturista a veces mitigada por ideas preconcebidas, de ahí que sea tan importante dejar los prejuicios en casa a la hora de desplazarse más allá de la zona de confort.

Los puntos cardinales en Compostela se miran mutuamente, rodean la «almendra monumental» y pasan inadvertidos para muchos visitantes. Pero la belleza histórica está fragmentada por doquier. En los barrios, las iglesias y jardines, las casas y caminos tienen igual importancia que la misma catedral, la Alameda o la Rúa do Vilar, porque cada uno tiene derecho a sentirse parte de un lugar por encima del resto.

La necesidad de migrar existe en cada ser vivo como una prerrogativa inquebrantable. Nada impedirá que nos movamos siguiendo la huella propia del instinto tras un mañana vivo, sin temor ni hambre, que no sabrá de puertas cerradas ni malgastará nuestras fuerzas. Ver más allá de lo impuesto genera libertad, a medida que cada paso nos aleja de nuestro hogar.

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