Eugenia y Chocolate


No hace falta ser un águila para saber que una historia como la de Eugenia Martínez de Irujo y Chocolate, uno de tantos miles de perros abandonados, no a su suerte, sino a su muerte, tenía todos los ingredientes para que miles de personas quisiesen leerla. Como tampoco lo fue que la liada de la reina emérita, la monarca actual y la niña candidata a serlo, se convirtiese en una noticia que dio la vuelta al mundo.

Los pequeños detalles que todos tenemos cuando nadie nos ve, o así lo pensamos, son los que nos definen, porque en muchas ocasiones son enormes ventanas de nuestro ser. Da igual la gestión que deje para la posteridad Cristina Cifuentes o el trabajo parlamentario de Paula Quinteiro. La historia nos juzgará a todos por la esencia o el tufo que desprendemos cuando olvidamos al personaje que nos inventamos y sale a relucir la persona que en verdad somos.

La historia de Eugenia y Chocolate, ella que lleva el ADN del gran duque que tiñó de sangre los Países Bajos, que adora a los animales y que ahora no se pronuncia sobre las corridas de toros, la ha congratulado con los animalistas de la misma forma que los gestos de Letizia la sitúan con las madrastras de Cenicienta y Blancanieves, ya que la figura de las suegras no sale en los cuentos infantiles.

La intimidad y el anonimato son tran frágiles como el criterio de quien las juzga. Así será hasta que la vorágine del espectáculo y la actualidad traiga otras historias, todas íntimas y solo algunas en verdad intrascendentes, como la de la duquesa que cuida al perro que un malnacido abandonó. El resto, es otra historia.

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