La máscara


Qué tienen en común Marilyn Monroe, Freddie Mercury y Carlos Puigdemont? Que un amigo mío se disfrazó de ellos en sucesivos carnavales con tal mimetismo que, la verdad, resultaba más auténtica la copia que el original. Hay personas con una capacidad especial para ponerse en la piel de otro a las que las máscaras les sientan mejor que su rostro original. Pero, sin desmerecer a los acólitos de Don Carnal, los que de verdad tienen mérito son los que son capaces de llevar el disfraz puesto la mayor parte de su vida. ¿Se acuerdan ustedes de Pepe el del Pastor, disfrazado de honrado director de banco mientras llevaba una contabilidad paralela que abrió en la entidad bancaria un agujero de seis millones de euros? ¿O de Coté, el falso médico que ejerció como tal durante diez años de su vida? Todos convivimos en nuestro día a día con algún maestro del disimulo. A veces, porque se lo hemos permitido. En los últimos tiempos se están desenmascarando verdaderos artistas del camuflaje en la comparsa de la corrupción, y es posible que en muchos casos los jueces hubiesen podido despojarlos mucho antes de sus falsos atuendos si los ciudadanos hubiésemos ayudado a descubrir su verdadero rostro. No, el rey no siempre va desnudo. A menudo va disfrazado. Todo ello, por supuesto, sin caer en el escarnio público ni en los juicios paralelos con los que a veces se sentencia siguiendo ese gran teatro del mundo que es la tramoya hollywoodiense. No olvidemos la caza de brujas que acabó con tantas mujeres quemadas en la hoguera por una sociedad que, durante siglos, se disfrazaba de biempensante con los hábitos de la Inquisición.

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