Los pinchos


Poco antes de que saltara por los aires el mercado inmobiliario, hace ya una década, en Santiago pudo sentirse también el estallido de otra burbuja, un globo que llevábamos años inflando: el de los pinchos oficiales. No había convocatoria en la Xunta que no terminase con algo para picar. En tiempos de Fraga, antes de que llegara el euro, uno podía ir a la presentación de un informe sobre el mercado laboral y acabar en un bautizo. Recuerdo que una vez, al terminar un acto con Manuela López Besteiro, entonces conselleira de Traballo, coincidí con la presentación de una guía de aves. Allí estaba Carlos del Álamo, todo su equipo y numeroso público invitado. Antes de que se vaciara la sala, un ejército de camareros, vestidos con pajarita y bata blanca, había desplegado mesas a la salida. Y se obró el milagro: un acto intrascendente en un día laborable, en apenas minutos, acabó convertido en el aperitivo de una boda. No faltaba de nada: empanada, tortilla, chipirones, cacahuetes. Y vino, tinto y blanco, y cerveza y refrescos. Allí estaban todas las botellas, perfectamente alineadas, como los rascacielos de Benidorm, como los adosados del Mediterráneo. Cualquiera que pasara podía ponerse morado. En poco tiempo, nos apiñamos en las mesas, como limaduras de hierro en un imán. En cierto modo, los pinchos oficiales son a los adultos lo que las piñatas a los cumpleaños infantiles. Tal vez constituyan algo más ordenado y menos darwinista.

De todo aquello solo nos queda el recuerdo y un maravilloso reportaje de José Ramón Alonso de la Torre, que se pasó una semana en Santiago comiendo gratis, de acto en acto, de pincho en pincho.

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