La estafa

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña EL MIRADOR

SANTIAGO

Un conocido narcotraficante que compró media isla anhelaba una finca que dividía su hacienda, así que, como había hecho otras veces, se dirigió a su dueño para que se la vendiese, seguro de que lo haría tentado por su generosa oferta, como habían hecho todos los demás. Pero el propietario del terreno le dijo que no. A diferencia de quienes habían aceptado el trato, ni tenía necesidad ni ambición, lo que le permitía darse el gusto de negarle un capricho a quien los obtenía a cambio de su miserable negocio.

Cuando nos creíamos ricos compramos coches, pisos, ropa, televisores, joyas y móviles con la misma facilidad con la que nos fuimos de luna de miel a Cancún y disfrutamos todos los puentes del año a muchos kilómetros de nuestras casas. Luego vino la crisis y nos apretamos el cinturón hasta tal punto que las constructoras quebraron y los concesionarios cerraron. Hace poco se nos dijo que la crisis se había acabado y nos hemos lanzado de nuevo al consumismo. No hay más que echar un vistazo a la locura navideña en los centros comerciales y plazas de abastos.

En la nueva política se dice que la crisis no fue tal, que fue una estafa. Y no lo niego, que el término posverdad es tan difuso que lleva implícita su dosis de realidad. Pero si todos asumiésemos esa parte de responsabilidad que tuvimos cuando firmamos hipotecas de coste superior a nuestros sueldos, quizás habríamos hecho propósito de enmienda y hoy, como el vecino del narco, estaríamos en mejor posición para enfrentarnos a quien nos quiere estafar. Pero no, tropecemos en la misma piedra y hagamos como que dos más dos son cinco. Otra vez.