Correos

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

19 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Sábado, siete de la tarde-noche. Llamada a la puerta. El cartero trae un envío urgente. Uno queda convencido de que está en un país donde Correos funciona mucho mejor que numerosos países de la Unión Europea.

Lunes, diez de la mañana. En Correos de Sigüeiro todo es amabilidad -como siempre- y diligencia: los carteros son la eficacia en persona.

Parece que ha quedado atrás para siempre aquella tremenda mala y merecida fama del organismo, quizás porque los tiempos son otros y quizás también porque la mensajería privada achucha. Correos era en el tardofranquismo y en los comienzos de la democracia un tema de conversación recurrente, como el tiempo que hacía, sol o lluvia. Las cartas tardaban lo que les daba la gana de tardar, y usted tenía prisa: a poner un telegrama.

Esa es la cara. La cruz es abrir el buzón y encontrarse con tres felicitaciones de Navidad devueltas. Una iba para Os Tilos. O sea, ahí mismo. Al parecer, antes había unidades. O sea, Unidad 1, Unidad 2, etc. Ahora hay calles, cosa que el firmante ignoraba. De manera que primera carta devuelta a pesar de que todo el mundo allí sabe a qué unidad pertenece.

Segunda carta: iba a la Travesía do Restollal. Frente a El Corte Inglés, para entendernos. Ahora se llama Alejandro Pérez Lugín. Y tercera carta: a General Sanjurjo, una de las calles más conocidas de A Coruña. Quizás haya cambiado de nombre, pero si ha sido, ¡iba siendo hora! Eso de tener a un militar golpista y fascista en el callejero constituye un oprobio. Pero devolver la carta es muestra de que el funcionario correspondiente no ha tenido mucho interés en mejorar el servicio que le paga todos los meses, dinero que sale de mis impuestos, por cierto.