A finales del mes de agosto la ciudad vivió jornadas de intensas precipitaciones que hicieron saltar por los aires la red de pluviales de varios puntos de la ciudad, y que nos dejaron imágenes lamentables de inundaciones. Aquellas lluvias llegaron fuera de tiempo, y muchos se aventuraron a asegurar que era solo el inicio de lo que iba a ser un otoño terrible, pero las aguas volvieron a su cauce y el otoño no está ni se le espera por ahora. El verano se niega a decir adiós y la entrada oficial del otoño se celebró en Santiago luciendo camisetas de tirantes y sandalias, y disfrutando del sol en las terrazas. Lo que habitualmente denominados «buen tiempo» se extenderá, según las previsiones, hasta más allá del puente del Pilar. Dejando al margen el retraso en la llegada de las nabizas, el tono amarillento de las zonas verdes o la alteración en el ciclo natural de la caída de la hoja, como hija de comerciantes casi prefiero pensar en las consecuencias de esta alteración climática en el comercio de la ciudad. De sus escaparates fueron desapareciendo la ropa y el calzado de verano para lucir las prendas de otoño, pero quién piensa en comprar botas y abrigos con 28 grados. Contra la naturaleza poco se puede hacer, así que solo quiero animar a todos y cada uno de los comerciantes de Santiago que estos días miran al cielo implorando la llegada de las lluvias o, al menos, del frío. El pequeño comercio es uno de los principales motores de la economía local, y la falta de lluvia tiene consecuencias más allá de la restricción de los riegos o de la obligación de asumir un consumo responsable del agua.