A golpe de tuit


De siempre mantengo un ritual cuando empiezo las vacaciones; entro en una librería y compro un libro sin prejuicio alguno; es decir, dejándome llevar por sensaciones, sin leer una crítica previa o la recomendación de un amigo. Casi siempre acierto, porque en realidad, lo que yo voy a comprar no es una novela, sino el tiempo para leerla, ese dolce far niente en el que las horas se desperezan delante de páginas leídas entre un sorbo y otro de café mientras se deja ir la tarde.

Me gustan las librerías por esa mentira piadosa de que el tiempo se vende entre sus estanterías, pero también por la sensación de calma que las envuelve, por las silenciosas pisadas que guían los dedos que pasan páginas, los ojos que curiosean en las biografías de los autores, las pituitarias ávidas de olores de la infancia...

Cuando regresen los días sin horas no solo visitaré una librería, sino que disfrutaré estrenándola; iré a la Casa del Libro, que acaba de abrir sus puertas en Xeneral Pardiñas para compensarnos de los sinsabores de tanto cierre por marcapáginas. Iré y curiosearé, sopesaré y decidiré, y lo haré en silencio saboreando ese lento paso del tiempo, ese lujo que se volatiliza con los titulares de rápido consumo, con el bombardeo del correo electrónico, con los mensajes de Whatsapp, con las imágenes de Instragam, con las frases hechas de Facebook, con los insultos de Twitter, con la psicodelia de Youtube... Y sí, también con las historias escritas a golpe de tuit y que se hacen virales en un nuevo modelo de novelas por entregas que antes se escribían al dictado del calendario y ahora se vomitan en 140 caracteres.

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