A estas alturas del partido nadie en su sano juicio piensa que la Cidade da Cultura fue una buena idea. Los unos siguen diciendo alto y claro lo de dijeron siempre: que no había cuartos para crear algo que nada tenía que ver con el modelo de desarrollo al que debía aspirar Galicia, y los otros no tienen más remedio que darles la razón con la boca pequeña y en voz baja. Todo ello muy humano.
La Xunta del bipartito defraudó a sus votantes al no atreverse a ordenar lo que luego tuvo que ordenar Feijoo: echar el freno a aquel desperdicio de dinero público y que alguien pensara en qué hacer con ese mamut con grietas y con un enorme agujero que no es sino un peligroso monumento al despilfarro, y que exige ahora una inversión tanto si se quiere construir algo ahí como si se desea taparlo.
El acierto de Feijoo es doble. Consciente de que aquello nunca será una Cidade da Cultura ha promocionado sibilina e inteligentemente el topónimo, Gaiás, mucho más neutro para la ciudadanía. Y así, el mantra ahora es ven al Gaiás, a ver esto o aquello en las instalaciones de la Cidade da Cultura.
El segundo acierto consiste en disfrazar al monstruo. O sea, en crear primero y alimentar después el Bosque de Galicia -donde se están plantando otros 4.500 árboles de especies autóctonas en 10 hectáreas-, que, con el tiempo, quizás haga olvidar a los compostelanos esa gratuita agresión a su paisaje: llevaban dos mil años viendo el Pico Sacro y se lo taparon de repente sin darle a esas cosas la menor importancia. Y sin la menor protesta, por cierto. Una gran diferencia, por ejemplo, con la Europa del norte. Porque esas cosas, el paisaje, son los límites donde se genera el sentimiento de país.