San Francisco


En el acceso al centro histórico por San Francisco se ha juntado el ansia del gobierno municipal de expulsar los coches de la ciudad con la necesidad apremiante de aplicar una solución contra el riesgo evidente de atropello de peatones. Ahí confluye una síntesis del universo peatonal de Compostela dominado por despistados turistas y peregrinos, acelerados estudiantes camino de sus facultades o de la biblioteca pública y vecinos en tránsito al centro monumental o acompañantes de los escolares del López Ferreiro. Muchos de estos últimos contribuyen también al tráfico de 4.000 coches de media diaria en cada sentido que ese flujo de peatones -auténticas avalanchas desde la dársena y párking de Xoán XXIII en la temporada alta turística- tiene que sortear hasta que se pone a cubierto en la rúa de San Francisco. Que no se hayan producido hasta ahora accidentes mortales en ese punto habrá que anotarlo en el haber del de Asís o, mirado desde el otro lado de la calle, del Apóstol, o de ambos, dada la potencia del milagro. Ahora Noriega impone que la seguridad vial no es dogma de fe y a partir de mañana cierra Xoán XXIII desde el cruce con la avenida del Burgo das Nacións. La decisión es razonable pero se le pueden poner dos objeciones: que no se haya producido un debate abierto sobre otras posibles medidas no tan radicales -hay que suponer que puertas adentro sí se han estudiado- y que no se haya informado previamente a vecinos, comerciantes y hosteleros. Se habrían evitado las críticas que provocó el sorpresivo anuncio. El gobierno local aduce que la medida es temporal, y pasado el verano ya se verá. A que no.

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