Escenarios

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña EL MIRADOR

SANTIAGO

Son bonitas las procesiones en Santiago. Al margen de las creencias, es un espectáculo de luces y sombras, de silencios y tambores, de recogimiento y fervor que se aprovecha de la inmensidad de las piedras centenarias en las que cuando llueve se reflejan los brillos de los cirios y cuando hace bueno huele a primavera nocturna. Para la cultura galaica, tan alejada de la manzanilla, el flamenco y los toros, la Semana Santa andaluza tiene un algo de sacrílega, da igual que uno sea creyente o ateo. El carácter reposado del norte no comulga con ese exhibicionismo y ese exceso andaluz que confunde la peana con el tablao flamenco, la mantilla con el escote y la saeta con el cante.

Pero en Sevilla se cantan saetas porque hay vida tras los balcones que se alquilan a precio de oro para ver pasar la comitiva religiosa. En Santiago, no. Detrás de los visillos de las oscuras calles que recorren las procesiones no aparece ni es el espíritu santo en forma de paloma. Ni se le espera, porque Santiago hace tiempo que es un escaparate en el que los siglos se confunden y las casas se rehabilitan en un brindis al turismo que amenaza con hacer de la vieja ciudad un decorado de película por el que lo mismo pasa la Semana Santa que el Apóstol, el puente del primero de mayo o el carnaval. Basta con mover los muebles del escenario y el vestuario de los actores.

Nos lo deberíamos pensar. Porque si un día, pongamos por caso, se cae la Berenguela, el turista que vino a verla el año pasado exclamará un «¡Qué pena!» al ver la foto en el periódico, pero seguirá con su vida. Nosotros no, nosotros a lo mejor tenemos que levantar el tenderete.