Así. Congelado. Apenas una fotografía con los bordes doblados. Amarilla. Que se va borrando poco a poco con el paso de los años. Desaparece la librería Galí. El colmado de Alfredo en las Casas Reais. Y la chocolatería Raposo. Calzados Severino. Donde había una mercería, hoy ofrecen apartamentos. Sobrevive. Sepultado bajo todo el peso de la ceniza del Vesubio. Otro Pompeya. Una tragedia, otra tragedia, en un rincón del Atlántico. Inerte. Con la mirada congelada. Las pupilas fijas en un futuro que ya no. Que como todo siga así, ya no. Sobrevive. Apenas un decorado. Vecinos esparcidos de cualquier manera aquí y allá. Figurantes en un enorme escenario que de madrugada apaga los focos. Y con la oscuridad, se van a casa. Lejos. Donde hay supermercados. Donde los niños todavía juegan a la pelota y se rascan las rodillas al caerse del columpio. Con hileras de edificios, calles, manzanas enteras en las que la gente vive. Vive de verdad. Y los carros de la compra van dejando su huella mañana sí, y otra también. Donde no se sacan fotos a los jureles y la calle es compartida por todos. Se van lejos. Lejos de esas calles. Estrechas. Intrincadas. Impresionantes. Talladas con el cincel de siglos de historia. De miles de historias. Calles a las que hoy solo les queda un soplo de vida. Que agonizan, asfixiadas por el turismo de baratillo. A las que han ido despojando de autenticidad. De vida. De tiendas. De niños. De conversaciones. De colmados. De mercerías. De libros. De paseos. De bares de abajo de casa. Están a un suspiro. A solo un suspiro. El último estertor. Que convertirá a Santiago en un yacimiento.