Las redes sociales son como los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato de Valle Inclán, que todo lo distorsionan. Cierto es que a veces engrandecen lo bueno, pero a costa de embrutecer la mayoría de ellas lo peor de nosotros mismos hasta hacernos sentir vergüenza de la especie humana. Lo pensé hace unos días ante la tele viendo una secuencia de las tonterías que llegaron a hacerse virales en la Red. Que si unos que metían un condón por la nariz y lo sacaban por la boca, que si otros que perdían la cuenta de las hamburguesas que se habían tragado y así hasta llegar a unos imbéciles -no hay otro calificativo más apropiado- que se rociaban de alcohol, se prendían fuego y se tiraban al agua para apagarlo.
Cierto que lo de los retos se puso de moda con una iniciativa loable que además consiguió importantes fondos para el tratamiento del ELA, el de echarse un cubo de agua helada por encima que acabó con los vídeos de todos nuestros amigos bañándose en el mar o en un pilón. Nada que objetar. Pero yo viendo las tonterías antes enumeradas y otras que no me atrevo a recordar, pienso en lo que ocurriría si a alguien se le ocurriese grabar y reproducir vídeos que jugasen con tradiciones tan enraizadas en Santiago como la de colocar el dedo en esa parte del angelito de la columna de la Rúa do Vilar, que podría ser manipulado para sobreponerle el rostro del político de turno, o plantarle la peluca chillona de Donald Trump a la sombra del peregrino de A Quintana.
Mejor me callo para no dar ideas. No creo que Darwin tenga intención de levantar la cabeza, pero si así lo hiciese, debería reconsiderar su teoría de la evolución de las especies. La humana, claro.