Videocámaras para bien y para mal


¿Se acuerdan de la polémica suscitada a inicios de la década del 2000 por la instalación de cámaras en media docena de rúas del casco viejo? El inductor de la iniciativa, Xosé Bugallo, sufrió infinidad de descargas dialécticas. Hoy, aparte de los espacios públicos permitidos, centenares de edificios están controlados por videocámaras que e menudo registran los pasos del personal por las rúas compostelanas. Una de ellas le captará con el dedo en la nariz si en cierto momento callejero osa hurgársela. O su fogoso beso de tornillo, que es otro tipo de recurso lingüístico. En muchas bocas surge el típico comentario: las videocámaras restan privacidad y suman seguridad. La gente opta por una u otra. En Estambul, seguramente por la segunda: en sus redes visuales cayó el feroz asesino de la discoteca. En qué dilema pone a uno el Gran Hermano.

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Videocámaras para bien y para mal