Sea por disimular, sea por sacar faltas y desgastar a los pívots rivales, el Real Madrid suele comenzar los partidos cargando el juego sobre sus interiores, especialmente sobre Ayón para, enseguida, caerte por todas partes. Ataquen para sus grandes o para sus exteriores, si no ayudas te castigarán pero, si lo haces, lo harán igualmente encontrando al atacante liberado (y Felipe habrá aprovechado para ganar la posición de rebote). Por cierto, que Felipe Reyes sea por minutos en cancha el décimo jugador es fiel reflejo de la profundidad de plantilla que tienen esta temporada.
Y si en ataque dan miedo, en defensa deberían dar pánico. Desde la llegada de Laso han ido configurando una plantilla que, sin perder calidad, ha ido ganando en contundencia física. Aunque algunos se crean que Satoranski y el Chacho están jugando en la NBA, la verdad es que se los comió Doncic este verano. Si a la dureza defensiva en el cinco contra cinco le añadimos que apenas conceden opciones de contraataque (tienen altos porcentajes de tiro, buen rebote ofensivo y, a pesar de jugar con un ritmo alto, son el equipo que menos balones pierde por partido), nos encontramos con la «sorpresa» de que estamos ante el equipo que menos puntos concede por posesión o, dicho de otro modo, ante la mejor defensa de la liga.
Vamos, que lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Como decía aquel chiste de Eugenio, «me gusta jugar contra el Madrid y perder porque ganar, ganar debe de ser…» Queda apelar al espíritu de la Navidad y si alguien sabía de esto era Frank Capra. Su cine se suele tachar de demasiado edulcorado pero él lo tenía muy claro: haberlos hailos, pero hace falta un gánster para un milagro.