El arte de contar

SANTIAGO

11 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Acabamos estando los cuatro de acuerdo: hablamos cada vez más. Cuando nos reunimos para vernos, el tiempo se nos agota enseguida. Hablamos más todos, pero aun así nos queda otro tanto por contar. Y no es que a mis amigos o a mí nos ocurran grandes cosas en el tiempo en que no nos vemos, sino que nos hemos vuelto más habladores y con más ganas de contar lo que vamos viviendo. Estoy convencido de que este es un gusto que aumenta con la edad, quizá porque se necesita más el contacto con la gente y porque se ha logrado ya una cierta destreza en el relato, que hace que unos y otros contemos y escuchemos con verdadero placer.

Y a veces ni hace falta conocerse, como comprobé un día de estos en la sala de espera del médico de cabecera, sitio muy propicio para el parloteo entre los pacientes, casi todos mayores y con ligeros catarros o pequeñas molestias que consultar. La conversación la iniciaron dos señoras que no se conocían, de edad parecida y, por lo tanto, con unas experiencias vitales semejantes. Empezó una contando su vida, desde que iba a la escuela de «cagones», cada uno llevaba su silla, hasta el nacimiento de su último nieto, pasando por su matrimonio con un marino, cuyas peripecias profesionales en los diversos destinos fue también intercalando. Una autobiografía perfectamente resumida, pero detallada, como si su vida obedeciese a un guion con presentación, nudo y desenlace: todo ocurrió según lo establecido de antemano. El relato de la otra señora, también autobiográfico, fue más modesto y pegado a la realidad, pero igual de interesante en su exposición. Estilos distintos, pero ambas, desinhibidas, dominaban el arte de narrar oralmente. Se les notaban los años de práctica.

La conversación se acabó cuando a una le tocó entrar en la consulta. Y en el silencio que se hizo, el profesor de literatura que fui empezó a pensar que estas señoras, sin haber leído a Proust ni a Joyce, ni a Thomas Mann, aprendieron a utilizar las mismas técnicas literarias que ellos utilizaron en sus novelas: contaban retrospectivamente, pero con saltos atrás y adelante en el tiempo; utilizaban distintos registros (clásico, irónico, notarial, impresionista…) y diferentes tonos (triunfante, una; modesto, la otra) y manejaban unas magníficas elipsis para saltar lo anodino y lo menos interesante de sus vidas.

Estas señoras eran auténticas maestras de la narración, pero es que también creo que todos, instintivamente, somos narradores y, más o menos diestros en el oficio. No sabemos por qué, pero a todos nos produce placer narrar, recrear con palabras lo que hemos vivido. Y ahí reside el encanto, porque nunca contamos fielmente los hechos, sino que siempre inventamos o modificamos un poco. A la experiencia real le añadimos algo de nuestra propia cosecha, y eso es lo que nos produce placer. Porque así vivimos varias veces el mismo hecho: cuando lo vivimos en la realidad y cuando lo contamos.

Había que dedicarle un tiempo en la escuela al relato oral. Porque contar bien siempre fue importante: que le pregunten a Scherazade, que salva su vida, en Las mil y una noches, gracias a su talento narrativo. La vieja Celestina engatusa a sus víctimas con palabras, y el feo y desagradable Otelo seduce con sus historias a Desdémona, una de las mujeres más atractivas de la literatura. Y unas señoras anónimas me arreglaron dos horas de espera.