En alguna ocasión anterior ya comenté que las fiestas navideñas me parecen la peor época del año. No soporto la hipocresía que reina en el ambiente durante todas las fiestas y, mucho menos, aguanto a esas personas que de repente se acuerdan de que existen otras muchas que no podrán llevarse a la boca ni un trozo de turrón de marca blanca y que no tendrán posibilidades de comprar un juguete para sus hijos. En Navidad, las organizaciones que trabajan con las personas más desfavorecidas lanzan campañas para aprovechar que, de repente, la mayoría está dispuesta a ayudar y consiguen así incrementar sus donativos. Dicen que todo es gracias a la magia de la Navidad. En realidad, creo que solo es una manera de lavar conciencias para poder disfrutar de la Navidad sin remordimientos. Y es que en estas fechas lo que realmente queremos la inmensa mayoría es disfrutar de la comida como si no hubiera un mañana y tirar, según las posibilidades, de la tarjeta de crédito para comprar regalos. Incluso nos empeñamos en exigir que se encienda ya el alumbrado navideño, porque es como el pistoletazo de salida para poder empezar a comprar comida y regalos. Es decir, exactamente todo lo contrario a lo que se supone que es el auténtico espíritu de la Navidad, pero y qué más da. Lo realmente importante en Navidad es que las calles estén alumbradas, que se programen muchas actividades y talleres, y que los comercios y restaurantes hagan su agosto a cuenta de las necesidades de consumo que crecerán sin medida en nuestros corazones durante los próximos treinta días.